jueves, 18 de octubre de 2007

La abominación del bibliotecario


El nombre de Gregorio Espinosa no pasará a los anales por haber protagonizado hazañas intrépidas, ni por haber dado origen a obras canónicas, literarias o de cualquier clase de su puño y firma. Su afán fue más parecido al del diletante, al del ávido intérprete y el coleccionista de rarezas. Y como tal, el suyo no es un arte menos refinado y necesario.

Durante veinticinco años Gregorio Espinosa estuvo a cargo de la Biblioteca Municipal de una pequeña población en el municipio de Zamora. Antes de eso, nuestro héroe había desempeñado con diligente orgullo tareas tan diversas como archivador, contable o secretario, y durante cuatro denodados años fue albacea para distintas personalidades docentes y del mundo de la investigación, llevando a término trabajos en ocasiones para universidades y academias que se disputaban sus servicios. Pero Gregorio era avaro con sus múltiples y animosos mecenas, sirviendo a sus requerimientos durante cortos periodos de tiempo y declinando en repetidas veces sus ofertas para alzar el vuelo, como si de una fantástica y huraña ave de los paraísos sapienciales se tratase, hacia los que eran sus verdaderos y más íntimos intereses.

Desde muy joven, Gregorio cultivó un vivo interés por los libros codificados, aunque lo cierto es que nadie sabía de la estrafalaria ocupación que llevaba en secreto el albacea (sin contar a sus progenitores, muertos y enterrados, y algunos allegados de la familia que dicen no recordar nada del asunto). Edgardo Alemán, quien fuera profesor de matemáticas de Gregorio en la escuela de secundaria, ha aportado relevantes informaciones en lo referente a su imprecisa y en última instancia oscura biografía, trayendo a colación el día que le regaló un libro de dialectos tribales del África occidental: en cuestión de unas pocas semanas, Gregorio fue capaz de traducir y entender sin dificultad los dialectos de ese libro. A los dieciocho años, Gregorio comprendía perfectamente el lenguaje cirílico, hebreo antiguo, griego clásico, latín, buena parte de las lenguas romances, ideogramas chinos y jeroglíficos egipcios. Con el tiempo, llegaría a dominar el cifrado de letras, el cifrado con libro de códigos, la esteganografía, así como lenguas políglotas y/o artificiales, y solía transcribir extensos textos en código binario por mero pasatiempos.

Pese a todo, y como ya se ha dicho, Gregorio nunca empleó este prodigioso don por ánimo de lucro, limitándose a llevar una vida anodina y discreta en el pueblo donde vivía. Tras su muerte, las autoridades que procedieron a la habilitación de su domicilio encontraron una nutrida biblioteca de libros codificados, así como un archivo y numerosos anaqueles de trabajos realizados por Gregorio acerca de esos libros. Incapaces de comprender la importancia de su legado, las autoridades embalaron y archivaron los libros y trabajos de Gregorio en el depósito del ayuntamiento hasta que, quince años más tarde, el profesor Gérard Le Corvec de la Universidad de Lyón se avino a estudiarlos por casualidad. Entre los ejemplares que Gregorio guardaba con celo en su biblioteca se hallaba el intitulado opúsculo perdido de la Biblioteca Nacional de París (obra escrita en un lenguaje desconocido y que presumiblemente trataría sobre magia y alquimia); varias ediciones del Manuscrito Voynich; obras originales de Roger Bacon y Ramón Llull; la Stenographia de Johannes Tritemius; el Tratado de navegación de Leonardo DaVinci; diversos tomos de Nicolás Flamel y un largo etcétera de obras encriptadas, que el portentoso bibliotecario había traducido e interpretado a lo largo de panzudos archivos y transcripciones.

Pero la hazaña de Gregorio no fue descifrar todos esos lenguajes arduos, que en su mayoría ya habían sido descifrados en su día (a excepción del mencionado opúsculo de la Biblioteca Nacional de París y el cifrado Dorabella de sir Edward William Elgar), sino la manera por la cual él mismo se encargaría de hacer más hermético, si cabe, el contenido de esos libros. Tras la primera e infructuosa inspección del profesor Le Corvec, los trabajos de Gregorio han sido remitidos a decenas de lingüistas, eruditos y expertos decodificadores de todo el mundo, pero ninguno ha logrado avanzar un ápice en lo concerniente al denominado lenguaje del bibliotecario o código G. Este impensable lenguaje, inventado por nuestro protagonista en la intimidad de su devoción por las letras, no fue ideado para esclarecer o representar un sistema de símbolos velado (y si lo fue, no se ha encontrado hasta el momento la clave capaz de otorgarle sentido); por el contrario, el inextricable lenguaje del bibliotecario hace aún más esquivos e incomprensibles los textos sobre los que trata, y sigue siendo en la actualidad el más eficaz de los lenguajes encriptados por el hombre. ©


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado Federico,
podrías por favor indicar el período de vida (o al menos profesional) de este señor?
Gracias

Federico F. Giordano dijo...

Saludos. Antes de nada, disculpas por la tardanza en contestar. La figura de Gregorio Espinosa es bastante ambigua en general, ya que no dejó obras de su firma ni se le conocen otros actos destacables, aparte, claro está, de su relación con el mundo de los lenguajes encriptados. Tuve noticia de su biografía en una singular edición sudamericana perteciente a una fundación cultural que ya no existe, llamada Diarios de Oriente. Al parecer esta fundación editó unos pocos libros de temas eruditos y en su mayoría poco atrayentes, relacionados con aspectos tan dispares como economía, agricultura, mobiliario, poesía o recetarios entre otros. En el capítulo II del tomo que por ende se aloja en mi biblioteca viene un listado de empleados civiles, todos ellos bastante aburridos, en su mayoría pertenecientes a las dependencias culturales de Argentina y Uruguay y que desempeñaron sus labores entre las décadas de los 60 y 70. La biografía de Gregorio Espinosa aparece como curiosidad a pie de página y en unos términos bastante vagos, pero que sin embargo son la única mención al susodicho de la que hasta le fecha tengo constancia.

Federico Fernández Giordano dijo...
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